El aroma en las sabanas de tu piel canela, no me deja dormir.
Me desvela recordar la forma en que tú te quedabas dormida en mi pecho mientras acariciaba tu cabello.
Me quita el sueño saber que esos días no volverán.
Que quizá, ahora, estés compartiendo la cama, tus besos y el amor que tanto deseaba, con otra persona.

Tu recuerdo es más adictivo que el cigarrillo y cualquier droga.
Tu ausencia es más dolorosa que cualquier puñalada en el pecho.
Tu mirada aclama ser revivida desde lo más profundo de mis entrañas.
Y tu manera de acariciar se quedó marcada en la piel.

Así es extrañar a alguien. De eso se trata, de que el recuerdo le pide a gritos que vuelva y no se calla incluso de madrugada.
Y cuando por fin logras dormir, ruegas por no tener que verle en tus sueños, aunque te haga tanta falta.
Porque sabes que el corazón, a pesar de que te domine ahora, no tiene la más mínima razón.
Porque sabes que es en esa razón perdida que se haya la manera correcta de lidiar con el pasado.

Te veo en cada recuerdo que tengo, y quisiera decir que es grato, pero cómo puede ser grato tener en la mente a alguien día y noche y saber que no le podrás tener.
Porque sabes que esa es la peor manera de extrañar a alguien.
Y sabes que estás perdiendo el control de tu vida cuando lo primero que se te cruza por la mente es su nombre.
Y no es hasta que decides barrer las migajas del pan, que los recuerdos empiezan a ser cada vez menos dolorosos, constantes e importantes.
No es hasta que decides dejar de aferrarte a lo que no puede ser, que empiezas a sentir esa libertad en el corazón que tanto necesitabas.
No es hasta que aceptas que el pasado ya no existe, que reconoces que tienes un futuro lleno de nuevas personas a las que conocer.
No es hasta que te das cuenta que del recuerdo no se vive, que dejas de desvelarte por él.