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Tu obesidad, solo tiene un culpable.

Posted on August 26, 2019 by admin

Creemos que somos los únicos responsables de nuestro cuerpo. Nos valoramos exclusivamente por nuestra imagen corporal. Nos sentimos frustrados porque nuestros miles de atributos no son suficientemente reconocidos por parte del entorno.

Puede que sintamos que somos peor por tener un cuerpo que la sociedad no acepta. Sabemos que tenemos que cambiar porque no dejan de aparecer nuevos problemas de salud, o algún profesional sanitario nos está alertando de su inminente aparición. Existen multitud de motivos que nos pueden presionar para cambiar nuestro cuerpo.

Un día, fruto de la desesperación por cambiar, todos esos motivos aparecen en nuestra eración, rápida y desordenadamente y, en ese preciso instante, nos sentimos mal, nos preguntamos por qué no hemos hecho nada antes, nos señalamos con un dedo acusador.

En el fondo, pensamos que tenemos la culpa porque nos han hecho creer que cambiar es fácil y que solo hay que tener `fuerza de voluntad´.

Esa desesperación hace que no soportemos más nuestro cuerpo y, desde la enorme responsabilidad que sentimos, decidimos que necesitamos un cambio inmediato. Ahí, aparece la necesidad de un método que cumpla dos condiciones: la de castigarnos por no haber puesto medios antes, la de conseguir resultados espectaculares a corto plazo. Lo peor es que estos métodos existen, sobre todo aquellos que hacen lo primero.

Hay personas que crean este tipo de programas de adelgazamiento y los promueven como una opción tan necesaria como saludable. Nos dicen, convenciéndonos a nosotros mismos que tenemos que ser fuertes para ser capaz de soportar un método basado en el sacrificio desmedido: dietas hipocalóricas, ejercicio físico intenso, autocontrol absoluto y un largo etc.

El malestar que nos produce el cuerpo que habitamos se hace muy grande. Estamos desesperados y nos sumergimos en un proceso cuya dureza nos hace sentir una insatisfacción insoportable. Es insostenible. No podemos más. Es imposible.

La desesperación por acabar con la presión hace que hagamos más rígido el proceso de cambio. El proceso es tan duro que el malestar se propaga más allá de las sensaciones físicas. A lo anterior se suma que nuestra autoestima se ha ido erosionando, poco a poco, sin darnos cuenta. Nos miramos y nos despreciamos

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