Dicen que cuando amas de verdad a una persona, eres capaz de llegar hasta donde sea necesario para ayudar a ese ser y procurarle un bienestar. Yo, en mi caso, hice hasta indecible para que te dieras cuenta de que ibas por el mal camino y no podías seguir sosteniendo ese estilo de vida. Intenté ayudarte, de veras, porque te amaba y deseaba enormemente tu crecimiento, pero no pude más, me cansé, y esta es mi historia.
Al principio, no pensé que fuera un asunto tan complicado porque, como dicen en mi tierra, “Un hombre sólo cambia si tiene a una gran mujer a su lado”. Con ese fin me embarqué en la misión de hacerte cambiar, de hacerte ver de algún modo que debías hacerme caso y encausarte en la virtud de nuevo.
Lo hice al principio con la alegría que se tiene cuando se realiza una buena acción por alguien. Me sentía viva, bondadosa y plena de amor. Te visualizaba recuperado, más unido a mí que antes, agradeciéndome con gratitud por todo lo que hacía por ti. Así me mantuve, inicialmente, hasta que los hechos me hicieron perder la esperanza.
Al principio, pensé que era una falta de comunicación mía lo que impedía que cambiaras. Traté de explicarme mejor, de usar otro lenguaje, quizás menos autoritario y más reflexivo y negociado, pero no fue suficiente. Entendí que debía ser más contundente con mis argumentos, así que empecé por aplicarte una programa conductual de premio-castigo, sin éxito alguno.
Así estuve, hasta que un día dije “no más” y perdí la paciencia. Porque no puedo seguir entregando mi vida a esperar que cambies. Ya no puedo exponerme a semejante bochorno que significa lidiar contigo sin que me tomes en cuenta en lo más mínimo. Me duele muchísimo todo esto, pero es hora de dar un paso al frente en mi vida y decirte adiós, por mi bien.