No digas nada, no llores, no sonrías y no ames. No le digas que la amas, no le menciones que la odias. Ni siquiera hagas un comentario sobre lo mucho que le deseas. Trata de tragarte todo lo que sientes. ¿Listo? Vale, es ahora cuando tu alma se empieza a llenar de cosas buenas y malas y de a poco siente la presión de sacarlo fuera, pero recuerda, has decidido tragarte todo lo que sientes, así que, por mucho que lo desees y lo necesites, por mucho que quisieras mandarlo a la chingada y llorar, por mucho que quieras reír, no lo hagas.
Deja todo eso dentro de ti y dentro de poco, no mucho tiempo, verás como tu cerebro explota y tu corazón se detiene. Te ahogarás en cada palabra y oración que no dijiste, en cada beso y abrazo que preferiste no dar, en cada lágrima y sonrisa que quisiste guardar.
Porque así funciona este asunto de sentir. El ser humano nace con la naturaleza de entregar lo que tiene dentro de sí a los demás y es, por naturaleza, un ser sociable. Intenta vivir como un ermitaño y comenzarás a sentirte enfermo, como si algo te faltase e incompleto. Por ello, la soledad es buena en la misma medida que la compañía.
Ambas cosas hay que ponerlas en una balanza y vivirlas de manera equilibrada, porque, así como podemos ahogarnos por tragarnos todo lo que sentimos en soledad, podemos sofocarnos y quedar vacíos por dar completamente todo en compañía.