Cuando era niño mis padres me decían que mi segundo hogar era la escuela, pero que donde fuese mi familia, sea cual sea el lugar, ese siempre sería mi primer hogar.
Me decían que de ambos debía aprender, pero que las bases de mi formación como PERSONA, las recibiría en casa.
Que la escuela era solo mi lugar para aprender a ser PROFESIONAL. Que incluso mi profesionalidad no valdría de nada si primero no aprendía a ser persona, pues, no existe profesional, en todo el contexto de la palabra, que no actúe acorde a la bondad de los seres humanos.

Mis padres me dieron todo lo que pudieron en cuanto a valores y consejos, y no lo niego, les faltó mucho. Pero es que me dieron me bastó para aprender a desafiar a mis profesores con dudas sobre las materias que veía. A alzar la voz cuando sentía que algo no era correcto.
Me enseñaron que la trampa era solo para los débiles y que, si en una competencia todos mis compañeros hacían trampa, yo no tendría por qué sentirme obligado ha hacerlo también. Si no, todo lo contrario. Me dijeron que cuando fuese ese el caso, les ganara sin hacer trampa, pues no hay peor derrota que la de un deshonesto.
Me dijeron que por sentarme atrás no significaba que sería un vago o desconsiderado en el salón de clases.
Pero que, si lo hacía, estuviese consciente de que ese era el lugar favorito de los que no prestaban atención, porque… Desde atrás los murmullos se oyen menos.
Me enseñaron que el sentarse adelante no me hacía más inteligente, pero sí me ayuda a prestar atención con mayor facilidad.
Y, finalmente, me dijeron que sin importar lo que hiciera, fuese lo que fuese, lo hiciera teniendo respeto hacia las demás personas, porque cuando mis actos perturbasen la paz ajena, entonces mi libertad habría acabado para convertirse en libertinaje.