Cuando te relacionas con una nueva persona, te relaciones con un modo de vivir, una idea, una visión, un corazón y una forma de ver al mundo de manera distinta. Te relacionas con tantas cosas que es imposible enumerarlas todas, pero, si queremos resumir, podemos decir que entregar el corazón implica adoptar el amor que posiblemente, vamos a querer tener a nuestro lado durante toda la vida.
Dejar ir ese amor que adoptamos, ya sea porque lo perdimos o nos perdieron, implica dejar atrás todas esas cosas que una vez, con tanto cariño y esmero, decidimos hacer nuestro. Llega el punto en que te acostumbras a convivir con ello y te agrada. Amas el hecho de compartir no una, sino dos formas de ver el mundo y amas crear a diario, nuevas experiencias las cuales quisieras repetir con más y más constancia.
Todo eso, lo dejas atrás al perder a la persona que amas. Pierdes el cariño, el tiempo invertido, los abrazos, besos, visitas a sus padres y escapadas de noche, momentos de adrenalina y risas espontaneas. Pierdes las ganas de amar de nuevo, de sentir un nuevo “te amo”, de abrazar otra piel y de entregarte a otros labios. Pierdes el sentido de la vida porque te acostumbraste a ponerle un nombre y apellido que ahora no es más que un bonito recuerdo.
Pierdes todo… Pero, entre todo el caos, el desasosiego, queda un recuerdo que te sirve para revivir en tu mente todo lo que viviste, y de vez en cuando, vuelves a él para decirte que quizá, más adelante, consigas a alguien que te haga sentir todo eso de nuevo.