Me hiciste el peor daño que jamás alguien se ha atrevido a darme. Me hiciste llorar, me hiciste desfallecer, sentí como si, de repente, vivir ya no tenía sentido. Rompiste mi corazón, desvaneciste de un plumazo todas mis fantasías, todas mis ilusiones. Me hiciste sufrir, me estafaste, me humillaste y me hiciste sentir como una miserable. Pero igual te perdono, aunque me hayas hecho tanto mal siendo infiel.
Y no lo hago por debilidad, como podrían acusarme algunos. No lo hago porque me sienta poco frente a ti y no pueda dejarte ir. No es por apegarme a un amor roto, no, eso no es. Lo hago para demostrar mi talante, mi valía, mi coraje. Porque, al lado de ti, mi corazón es puro y bueno, la bondad me invade y llena todo mi interior. En cambio, tú eres todo lo contrario, eres oscuridad infinita, dolor y desconsuelo.

Las mujeres buenas somos las que perdonamos, las que sabemos dejar atrás el dolor que nos ha causado alguien, las que pasamos la página. Lejos están las histéricas, las que se apegan al odio en contra de la pareja. Ahora dime, amor mío, quién es mejor, ¿La otra o yo?
Quiero darte una lección, vida mía, para ver si tu corazón puede conmoverse, así sea por una vez nada más. Quiero mostrarte lo majestuosa que puedo ser, lo dadivosa y cándida que soy, aunque me hayas hecho daño. Quiero crearte un sentimiento de culpa, para que veas que yo, a diferencia de ti, tengo la capacidad de salir adelante y dejarte atrás cada vez que quiera.

No me preocupa lo que piensen o pensarán. Eso me tiene sin cuidado. Yo sé lo que soy, lo que valgo y lo que merezco, y mi humanidad puede más que cualquier mal pensamiento que venga a mi mente. Así que ven aquí, hombre infiel, ven a mis brazos y recibe mis caricias, a ver si finalmente aprendes a amar de una vez por todas.