Es verdad que aquellos seres humanos que nos caen bien, que logran ocupar un espacio importante adentro de nuestros corazones, las quisiéramos llevar siempre con nosotros, tener la oportunidad de estar en los mismos caminos y si es posible, que los episodios de nuestras vidas sean tan normales que pudiesen leerse sin discernir a la vida a la que le pertenecen.
Pero también es real que nuestras relaciones son más de lo que podamos observar, que ninguno se cruza en nuestra vida por pura casualidad y del mismo modo cada uno tiene cosas que aprender, vivir, cada individuo decide cuánto tiempo de su vida invertirá en una clase de relación.
Las cosas toman cambios, nada en esta vida es permanente, desde la manera más sutil hasta el modo más trágico podemos distanciarnos de los individuos más importantes de nuestras vidas, a pesar de que mantengan o no un espacio importante dentro de nuestros corazones.

Invitar, dejar entrar aquellas personas que nos importan en nuestros corazones, para conocerlos, para aprender, para alimentarnos y sobre todo para entregar de nosotros lo mejor, transformándonos a nosotros en una versión mejorada y contribuyendo al estado de bienestar de esos sujetos que obtenemos en nuestro ser.
Debemos evitar tratar de obligar, de retener de manera involuntaria a quien ya no desea seguir en nuestras vidas. No hay nada más desgastante que estar con una persona que ya no quiere estar junto a nosotros, es un ataque a nuestra autoestima, a nuestra propia confianza, un desafío de cuánto más podemos herirnos.
Siempre existirán personas que están totalmente dispuesta a ser parte de nuestras vidas sin forzarlas, de manera espontánea, de modo natural. Pero si nos tratamos en bloquear la puerta para evitar que alguna persona salga, estaremos en simultáneo evitando que el que quiera entrar tenga la oportunidad.