¿Suena descabellado? Que un día conozcas a alguien y al siguiente ya empieces a añorarle. No lo sé, para mí sí es posible, porque me sucedió. Le conocí un lunes en la mañana, al salir de clases. Le pedí unos apuntes y amablemente me los dio, no fue el gesto de hacerme el favor, sino la manera en que sonrió al verme.
Se quedó así, estampada como una fotografía en la memoria, y estuve toda la noche pensando en ella. Puede que suene loco, y a veces me da miedo pensar que quizás soy un obsesivo compulsivo, pero es que su cara era tan maravillosamente tallada, que cualquier mortal que recibiese esa sonrisa sin previo aviso, quedaría enamorado, perplejo y fuera de lugar.
Me da temor escribirle, porque sí, le pedí su número con la excusa de que quizá necesitara preguntarle algo sobre los apuntes, y no sé, si al hacerlo, quizá el tema de conversación no fluya lo suficiente para ir más allá de unas preguntas acerca de aritmética. Porque anhelo saber si tiene pareja, cuales son sus gustos, cómo prefiere el café o cómo puedo hacerle el amor…
Pero, ¿Qué estoy diciendo? ¿Cómo puedo pensar todo eso de alguien que apenas conocí ayer? ¿Tiene algún sentido?
Tontamente, me excuso tras la idea de que no anoté los apuntes por culpa de su cara, por la manera en que le brillan los ojos al hablar de su materia, la forma en que te mira fijo al hacer las preguntas y el cómo sonreía cada vez que decía algo inteligente. Me oculté tras esa idea para no prestar atención a su clase y solo quedarme fijo, viéndole, admirándole como diosa y divinidad inalcanzable.
Y ahora, no me digno a mandarle un mensaje diciéndole “Profesora ¿Sería muy atrevido comentarle que me maravilla la manera en que usted da su clase y por eso no pude prestar atención a la materia, porque me perdí en sus labios y mirada, en su cara completa y en su voz?”
¿Crees que esa sea una buena manera para iniciar una conversación con ella?
¿Crees que se ofenda?
¿Crees que tenga una oportunidad con mi profesora?
¿Qué harías tú, amiga mía?