Te besé. Esperé mucho para hacerlo, pues confieso que me sudaban mucho las manos con tan solo acercarme a ti.
Mi estómago daba vuelcos y se retorcía sobre sí mismo, y aún, no te había besado.
Mi pulso se aceleraba y estrepitosamente parecía detenerse el corazón, y aún, no te había besado.
Mi mente empezó a reunir en una milésima de segundo todo lo que había pasado hasta llegar a este preciso momento, en el cual, tu aliento lo sentía tan cerca que podía drogarme con él, y aún, no te había besado.
Mis pupilas se dilataron al poder ver de tan cerca, y por vez primera, los poros perfectamente simétricos de tu cara, lo hermoso de tus pestañas largas, lo poblado de tus cejas bien cuidadas y mi reflejo en tus ojos, y aún, no te había besado.

Ese dulce néctar de tus labios, húmedos y lo suficientemente grandes para saborearlos, pero lo suficientemente chicos como para que no se volviera algo grotesco, estaba a punto de ser lo más dulce que probaría en mi vida.
Y así fue, como en un juego coqueto, en el que yo te beso y tu me besas, supe que era algo más que un junte de labios, algo más que una simple transfusión de saliva e identidad genética.
Era, en realidad, una conversación íntima que teníamos pendiente desde la primera vez que nos vimos, donde nuestras miradas se sostuvieron hasta que se cerraron el día en el que nos besamos, porque en ese instante, queríamos sentir, no besar, queríamos sentir, no ver, queríamos sentir, no escuchar.
Es ahí, cuando cierras los ojos que sabes si realmente, aquella persona que te come la boca, la muerde, la lame y juguetea con ella, es o no para ti.
Porque en un beso, se dicen todas esas cosas que las palabras no pudieron explicar.
Porque, en un beso, puedes encontrar al amor de tu vida, al alguien realmente especial, o simplemente, a otro más del montón.