Me aferré a ti de la peor manera. Me aferré ciega, sumisa y tonta porque creí amarte. Y es que, se debe tener una gran fortaleza e inteligencia emocional para no confundir el amor con la obsesión.
Te amé, incluso cuando me hiciste derramar lágrimas y suplicar de rodillas. Te amé, porque sentí que, sin ti, la vida no tendría un propósito interesante. Te amé, hasta cuando mi dignidad tocó el suelo y te amé, con uñas, dientes, piel y muchísimas ganas… O al menos, eso creí.
La verdad es que nuestra relación fue más tormenta que calma, más dolor que alegría y más dudas que confianza. Y ahora que lo veo desde lejos, me pregunto ¿En que carajos estaba pensando?
Porque recuerdo que, a algunas amigas, les insistía en dejar esas relaciones que eran más peleas que cualquier cosa. Les odiaba por no quererse a sí misma y no poner su propio bienestar por encima de el de los demás, hasta que me pasó.
A muchas personas nos llega ese alguien que nos hace olvidar lo que realmente valemos. Ese que anhelamos esperar toda una vida incluso sin recibir nada a cambio. Todos tenemos a ese amor doloroso que tenemos miedo de arrancar del pecho. Todos tenemos un amor que no es amor, sino obsesión.
Porque, esa es justa la diferencia entre aquellos que aman, y aquellos que se obsesionan. El primero, nos deja reconocer lo mucho que valemos; el segundo, nos hace perder todo, incluyendo tu propia identidad.
Y yo, te amé incluso cuando no tenía nada dentro de mí. Te amé, incluso cuando ya no supe quien era. Te amé, cuando me pediste que me alejara. Te amé, incluso cuando me odiaron por quedarme e insistí…
Hoy, en cambio, te amo porque estás lejos de mí. Te amo porque me enseñaste a valorarme a pesar del dolor. Te amo porque sé que eres el error que no quiero volver a cometer. Te amo, mientras estés lejos de mí.