A lo largo de nuestra vida, creamos tres grupos de personas: Los que no conocemos, los que amamos y los que no queremos cerca de nosotros.
Los últimos dos, son los que realmente importan. Siempre hay una eterna disputa en tratar de tener más personas cerca que lejos, pero en un mundo tan agresivo como el de ahora, eso es realmente difícil.
Vivimos con el constante temor de ser heridos por aquellos a los que le hemos entregado el corazón en bandeja de plata. Es un miedo natural a salir lastimados y, muy rara vez, logramos tener una vida en la que eso NO ocurra. De hecho, no conozco a alguien que no haya pasado por una desilusión amorosa.
Si bien son estas personas que nos destruyen, las que realmente forjan lo que hoy día somos, las que han puesto una roca en la muralla que hemos construido a nuestro alrededor y, en definitiva, las que nos ha hecho “expertos” en el asunto de amar, a pesar de todo ello, no les pertenecemos.

No hay una sola pisca de nosotros que ellos merezcan y no hay manera en que recuperen lo que una vez les dimos. Al contrario, somos y pertenecemos a aquel que nos reconstruye y nos hace creer en el amor de nuevo, incluso si, en un futuro incierto, nos quiebra también. Pero mientras esté haciéndonos latir el corazón, incluso con todas las grietas; mientras nos haga ver lo maravilloso de la vida, incluso con una venda en los ojos; mientras eso haga, nosotros le perteneceremos a esas personas, porque ellas tendrán en sus manos, nuestro corazón.
Y es que, el acto de amar se basa en entregarse a esa persona que sabemos que nos puede destruir, y aún no lo ha hecho.