Las personas son como frascos de pureza. El cuerpo, un cascarón que se deteriora con el pasar del tiempo, guarda dentro lo esencial de cada ser humano. Solo con el corazón, los otros podrán ver el verdadero valor que tienes, el cual es medido por dicha esencia y por cómo la transmites a los demás.
Sin embargo, a pesar de que esta esencia sea inmaterial, puede desgastarse al punto, de no poder entregar más de ella a los demás. Quizá sea un asunto meramente psicológico, pero nadie puede negar que, de decepción en decepción, uno deja de creer en el amor, en lo romántico y en lo cursi.

Hay que tomarse con suma seriedad el tema de “Ganar experiencia por medio del dolor”. Si bien es cierto que nuestro carácter forma gran parte de su madurez a través de malas experiencia, no podemos aferrarnos a esta idea para ir por ahí entregando nuestra mejor versión a cualquiera que se nos cruce en el camino.
Con el tiempo, aprendemos a valorar cada vez más nuestro amor propio, porque sabemos que este puede verse desgastada por la manera en que nos debemos a los demás.
Aprendamos a elegir cada vez con mayor cuidado. Aprendamos a apreciar el verdadero valor de nuestra dignidad. Y aprendamos que, no cualquier estrella fugaz, merece nuestra atención. Guardémonos para las lunas y soles, guardémonos para aquellos que sí valen la pena y para los que, con mucho esfuerzo, saquen la mejor versión de nosotros.