Soltar la mano de quien alguna vez amamos con una intensidad inmensurable es algo sumamente doloroso, pero más terrible es enterarnos de que ese alguien nunca nos amó como creíamos.
Entregamos todo en cada paso, en cada cosa, a cada momento, y creímos que lo que todo eso era correspondido casi al mismo grado. Nos mantuvimos inmersos en una fantasía que tenía un sabor demasiado real…

De un momento a otro la vida nos da un giro inesperado y los más hermosos sentimientos pueden ceder al paso de sensaciones extrañas que nos llenan de confusión y rencor.
El desengaño, eso de lo que sufrimos cuando nos pintan el más lindo de los paisajes con el óleo de la mentira y luego lo descubrimos de la peor manera, es el colmo inesperado de lo que una vez tuvimos. Ver cómo nuestros sueños se derrumban de manera violenta no es algo que muchos toleren vivir, pero a veces somos tan fuertes que seguimos luchando, aún a costa del gran peso que arrastramos…

Llega un momento en que ya no sentimos lo mismo más por obligación que por deseo, porque finalmente entendemos que por nuestro bien debemos poner distancia. Poco a poco las heridas irán sanando conforme pongamos de nuestra parte, y dejaremos todo el rencor atrás, ese que una vez nos mantuvo unidos de manera dañina al ser amado.
Al cabo de un tiempo procesando todo lo ocurrido, llegamos a encontrarnos en otro nivel, más sano y liberador. Hemos desatado los nudos de lo que nos amarraba de manera enfermiza a todo aquello que nos intoxicaba, y concluimos que el amor nunca se fue, que siempre estuvo allí dándonos fuerzas, aunque debilitado por tantos golpes.
Entendimos que la idea no era extinguirlo sino redirigirlo a la persona más importante de nuestras vidas: nosotros mismos.