La mayoría de las veces, todo lo que nos sucede es con un propósito implícito, y es que hay heridas que son necesarias soportar, pues estas nos hacen falta para que nuestros ojos se abran de una vez por todas, para que nos demos cuenta de algo, y aprender una enseñanza mientras atravesamos todo el proceso de sanación.

Y, es que a pesar de que nos duele hasta el alma, nos terminamos de dar cuenta que valemos mucho más que un par de lágrimas, y aunque los dolores del alma son más profundos que los dolores del cuerpo, son justos estos dolores los que nos hacen crecer espiritualmente, y ser mejores personas, nos hacen ser más humanos.
Son heridas estrictamente necesarias para nuestra vida, las que más que solo marcarnos la piel, nos hacen entender de una vez por todas que todo tiene un porqué. Heridas que aparte de abrirnos la piel y perforarnos el alma, nos abren los ojos.
Y por más que sintamos como esas heridas pueden arrancarnos la piel, al fin y al cabo, son esas mismas heridas las que nos enseñan cómo vivir, y es que pareciera que de alguna forma nos quisiera. Que esas heridas llegaron para hablarnos, para revelarnos un mensaje, y enseñarnos la ruta para un mejor camino.

Nos hacen reaccionar, y más que pellizcar nuestra piel, nos pellizcan el alma de alguna manera. Así que, no pretendamos pasar por la vida sin ningún rasguño, porque entonces no sabremos lo que estamos haciendo para escribir lo que llamamos vida.
Las heridas valen la pena vivirlas y saberlas curar hasta el punto de cerrarlas y que se vuelvan cicatrices, porque nadie sale ileso de esta vida, y si así ocurriese, habría que cuestionarnos qué estamos haciendo entonces, solo respirar.

El amor, es casi siempre el que nos deja la piel rasgada, y por eso nos sucede para decirnos de una vez por todas que por algo valió la pena sufrir un poco. Porque, aunque derramemos lágrimas de dolor, es esa misma humedad la que nos enseña aclarar la vista ante lo que nos quiso afectar, pero, en vez de eso, salimos fortalecidos.