Nos hemos preguntado muchas veces porque uno se llega a enamorar, como es posible que tengas con alguien una conexión tan repentina y sonreír con tan sólo verlo, sentir que tus emociones se mezclan porque ese efecto hace esa persona al mirarte fijamente, haciéndote volar por las nubes. Hemos escuchado que el enamoramiento –como tal y desde un punto biológico – son los neurólogos quienes pueden darnos datos más precisos; menos evocadores eso sí, pero objetivos y reales al fin y al cabo.
Hablar de la química del amor, de ese proceso extraño, intenso y desconcertante que hace poner nuestra mirada, mente y corazón ante una persona que jamás imaginábamos que iba a pasar algo.
El amor y sus ingredientes
Cada uno de nosotros tenemos preferencias determinadas, muy profundas, y muchas veces hasta inconscientes. Existiendo una evidencia clara de que nos enamoramos de personas con características similares a las nuestras: grado de inteligencia, sentido del humor, mismos valores, etc. Sin embargo, existe algo llamativo pero a la vez fascinante en todo ello. Puedes estar en un aula con 30 personas con características similares y jamás nos enamoraremos de todas ellas. Un poeta y filósofo indio Kabir decía que el camino del amor es estrecho y que el corazón sólo hay espacio para una sola persona.

El aroma de los genes
Nuestros genes pueden dar lugar a un olor en particular que es capaz de despertar la atracción entre algunas personas y no entre otras.
- Sin embargo, más que los genes, el que desprende ese olor particular –del que no somos conscientes, pero guía nuestra conducta de atracción – es nuestro sistema inmunitario y en concreto las proteínas MHC.
- Las proteínas tienen una función concreta en nuestro organismo: desencadenando la función defensiva.
- Se dice que las mujeres se sienten inconscientemente más atraídas por hombres con un sistema inmunitario diferente al suyo. Guiándoles el olor en el proceso, prefiriendo perfiles genéticos diferentes a los propios por una simple razón: la descendencia de esa pareja daría paso a un niño con una gran genética variada.
Podemos tener frente a nosotros una persona muy atractiva, y sin embargo no nos hace sentir bien, la conversación no fluye, no hay sintonía, ni comodidad, mucho menos conexión. El enamoramiento nos hace selectivos y es la dopamina la que nos obliga a focalizar “todo nuestro mundo” sobre esa persona en particular, hasta el punto de “obsesionarnos”.