Los términos cínico y cinismo derivan de la raíz griega kyon, que significa ‘perro’. Esta palabra tiene su origen en un grupo de filósofos del siglo IV a. C que se hacían llamar los cínicos y que tenían como líder al ateniense Antístenes (445-365 a. C.). Dicha escuela de pensamiento ensalzaba un estilo de vida humilde y vinculado a la naturaleza. Rechazaban convencionalismos como el dinero, la política, las normas sociales, etc.
Más tarde, este enfoque filosófico quedó encarnado en la persona de Diógenes, al que Platón denominaba el Sócrates enloquecido. Entre sus aspiraciones estaba llevar una vida como la de los perros: simple, humilde, fuera de toda costumbre, ligada solo a lo instintivo y a la propia naturaleza.
El comportamiento cínico no es un recurso propio de una persona inteligente. En realidad, tras este perfil se esconde la hostilidad, la desconfianza y esa actitud de quien no duda en herir a otros a través de la crítica y la comunicación agresiva.

Las personas cínicas se enorgullecen muy a menudo de su afilado escepticismo. Son expertos en el arte de la desconfianza, en dirigirse a los demás con esa sutil combinación entre la ironía y el desprecio, como si ello, fuera un rasgo de elevado ingenio.
De algún modo, podríamos equiparar al cínico con la persona sarcástica. Ambos rasgos definen ese comportamiento en el que queda impregnada la burla, el desagrado y esa crítica afilada que usa sofisticadas habilidades lingüísticas para invalidar al otro. Hay quien le ve incluso a este tipo de actitudes cierto encanto, porque por término medio suelen ser muy creativos a la hora de hacer uso de la ironía.
No obstante, es acertado saber que ambas conductas están aplicando la comunicación agresiva. De este modo, si hay algo que nos está demostrando la psicología de la personalidad en los últimos años es que detrás de ciertos tipos de dimensiones, como puede ser el sarcasmo o el cinismo crónico, se pueden esconder aspectos como la amargura, el negativismo desafiante, la baja motivación, la insatisfacción, el odio o incluso algún trastorno mental.
El cinismo, por llamativo que nos resulte, llegó a expandirse por todas las ciudades del imperio romano. En un momento dado, hasta rivalizó con el estoicismo, ese sistema filosófico que defendía el autocontrol, la fortaleza y la claridad de pensamiento.
Ahora bien, la visión más moderna de este término no llegó hasta el siglo XVIII, momento en que se definió como una actitud orientada no solo a poner en duda toda norma y todo valor ético y social.
Además, de ello, se le añadía un componente más: el ofensivo. El cinismo define desde entonces a una persona que hace uso del desprecio para vulnerar, criticar o menospreciar el comportamiento o pretensiones de otras personas.
