Por lo general, desde que nacemos, solemos pensar o nos hacen creer que tenemos una personalidad o forma de ser marcada. Que nos parecemos a nuestros padres, a un tío, a nuestros abuelos, o a alguno de nuestros ancestros, y que eso es imposible de modificar.
Sin embargo, tenemos la capacidad para generar ciertos cambios en nuestra personalidad y transformarnos así en mejores personas o tener relaciones más llevaderas. Solo es cuestión de comprometerse con uno mismo.
Es el propio lenguaje que utilizamos el que es cómplice de esta percepción de inmutabilidad. El verbo «ser» actúa como condena, porque «ser» apunta a una esencia que siempre se puede definir de otra manera, moldear con otras aristas.
A diferencia de lo que consideramos, la personalidad no es un ente estático e inmóvil, sino que se puede ir moldeando según los estímulos externos y todo lo que nos rodea. Desde el momento en que nacemos, estamos incorporando hábitos, experiencias e incluso traumas que forjan nuestro carácter.
Lo cierto es que con el paso de los años nuestras actitudes suelen ser siempre las mismas -o muy similares- y acabamos creyendo que la personalidad ha sido marcada a fuego y, como si fuese un tatuaje, es para siempre.
Pero tenemos la posibilidad de modificar los rasgos que no nos agradan tanto y mejorar la relación que tenemos con nosotros mismos y con los demás. Si bien es más sencillo “mover piezas” de la personalidad cuando somos niños o adolescentes, también podemos ver resultados positivos en la etapa adulta.
Aunque tengamos una edad considerable, y pensemos que a nuestra edad ya es imposible cambiar, lo recomendable es pensarlo dos veces antes de creer esta afirmación.
Quizás las modificaciones no sean tan abrumadoras o tangibles, pero habrá cambios, de eso podemos estar seguro. Esas ligeras intervenciones en nuestro carácter pueden ser las que nos ayuden a vivir más felices y a ser mejores personas.
No es necesario sufrir un grave trastorno de personalidad para ir a terapia y empezar a modificar nuestras actitudes frente a lo que nos rodea. Los cambios son positivos y necesarios, no podemos quedarnos estacionados en la misma estación.
Tenemos que tomar riesgos, seguir otros caminos, cambiar de trenes, experimentar otros rumbos, otros destinos que nos lleven a conocer horizonte cada vez mas amplios, pues tenemos que tener siempre presente, que no somos árboles para quedarnos sembrados en un solo sitio o lugar, tenemos la capacidad de movernos, y eso hay que aprovecharlo.