Muchas veces, es mejor el trato y consideración que tenemos hacia los demás que hacia nosotros mismos.
Somos muy injustos con nosotros mismos, y por cualquier acto que se considere “indebido” nos juzgamos, reprochamos y auto castigamos muy fuerte, inclusive, pueden existir ocasiones en que el trato hacia nosotros mismos es tan cruel, que quizás no nos atreveríamos a tratar así a nadie más.

Afortunadamente nunca es tarde para las reconciliaciones, en especial las que están asociadas a la relación que llevamos con nosotros mismos, porque esta es la más sincera, importante y positiva relación que pueda existir.
Ya que, antes que cualquier cosa, debemos amarnos, respetarnos, valorarnos y querernos a nosotros mismo antes que a cualquier persona. Sin embargo, a veces nos traicionamos a nosotros mismos por quedar bien con los demás.
Pues son incontables las veces que nos negamos, que nos postergamos, que tomamos responsabilidades y culpas que no nos corresponden, con el fin de proteger a los demás, esperando salvarlos, o sintiéndonos responsables de contribuir con su felicidad, aunque nunca valoren este esfuerzo. En fin, que prácticamente jugamos en nuestra contra y apoyamos al contrincante.
Para esto, hay que intentar el ejercicio de vernos desde afuera e imaginarnos que en ese diálogo interno que tenemos de manera continua, es llevado a cabo por dos (2) personas externas a nosotros.
Si sentimos incomodidad por cómo una persona trata a la otra, si sentimos pena ajena, e inclusive nos dan ganas de defender a la parte atacada, es momento de reflexionar.
Pues la verdad es que nos creemos todo lo que nos decimos, si nos decimos constantemente que no podemos, que no somos capaces, que nos volvimos a equivocar, que no merecemos lo que queremos, pues eso de manera repetida se convertirá en una creencia, en este caso limitante y en ella basaremos nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestro sentido del merecimiento, etc.

Y de esta forma se crea un círculo vicioso a través del cual nos hacemos cada vez más daño, y cada vez nos acostumbramos a sentirnos así, a desmoralizarnos, a desanimarnos, a cortarnos las alas.
Si decidimos despertar y entender que vinimos a esta experiencia a disfrutarla en lugar de padecerla, a amar, comenzando por nosotros mismos, entonces quizás dejemos de maltratarnos y hagamos las paces con lo que somos, con nuestro pasado, con nuestros errores.
Puede ser que una vez que nos comencemos a amar un poco más, sintamos mucha culpa, frustración, rencor hacia lo que nos hicimos, permitimos o dejamos de hacer. Aprendamos a perdonarnos, a aceptarnos, a cuidarnos, a convertirnos en nuestra persona preferida y a actuar en consecuencia.
No nos coloquemos nunca al final de la lista, nadie vivirá, ni aprenderá, ni amará, ni podrá ser feliz por nosotros, podemos ser feliz por alguien más, pero será alcanzar nuestro propósito lo que le dará sentido a nuestra vida.
Debemos perdonarnos y comenzar de nuevo, con más amor, más tolerancia, más condescendencia, como si tratases a alguien que amamos de forma incondicional.