Solemos recriminarnos los actos de traición hacia nosotros, porque nos sentimos culpables por no habernos enterado antes de que sucediera. Pero, a decir verdad, siempre hubo cierta intuición a una traición, el problema viene cuando nos negamos a aceptar eso como un posible hecho y dejásemos que las cosas mantuviesen su rumbo. Es decir, lo que lamentamos realmente no es el acto de traición, sino el hecho de que, aún sintiendo que iba a suceder, dejásemos que eso pasara.
Una vez que somos traicionados, nos sentimos en medio de un desierto y nuestra conciencia empieza a hacerse preguntas cómo ¿Por qué me traicionó? ¿Por qué me hizo daño cuando yo entregué la mejor versión de mí? Y ¿Acaso merezco ser realmente valorada?
El impacto es tal que pasa de la rabia a la decepción en un instante. Ninguna es buena emoción, sin embargo, la rabia puede ayudarnos a evitar sentirnos culpables hasta cierto punto y, al mismo tiempo, dejar esa sensación de lamento por una de reconocer que los actos de traición son, en su mayoría, ajenos a nuestra propia voluntad.
La decepción viene cuando nos damos cuenta de que preferimos cerrar los ojos y vendarlos ante las posibles señales de traición. Preferimos superponer el deseo y cariño por encima de la razón y eso, consecuentemente, nos hace sentir el lamento de haber actuado guiándonos solo por nuestras emociones.
La desconfianza nos invade.
Al ser traicionados, la desconfianza es el primer síntoma de la falta de superación de dicha traición. Ahora catalogamos a todas las personas de mentirosas y no dignas de nuestra confianza. Eso provoca un aislamiento y una falta de posibilidad de reconocer nuevos posibles romances, todo guiado por una falsa idea de que eso nos mantendrá a salvo, pero en realidad, es solo una falta de valentía el no dar la cara a las nuevas oportunidades.
Solo quien reconoce que el pasado no puede lastimarle, está apto para seguir adelante a pesar de cualquier acto de traición, pues no se hundirá en su propio lamento sino que aceptará y aprenderá de sus errores para que, en un futuro, no vuelva a ponerse la venda en los ojos ante las señales de un posible engaño.