Cuando te conocí, no había otra cosa en la que pensara que no fueras tú. En la mañana, en la tarde, en la noche, en el trabajo, el colegio, en el coche, en todos lados me surgías como un pensamiento maravilloso que me quitaba el aliento. Hoy, tristemente, ese encantador amor de nuestra juventud se ha transformado en algo distinto, en otra cosa lúgubre.

Nuestra llama se mantuvo encendida por muchos años. Nos respetábamos y nos amábamos profundamente pero, de repente, todo empezó a cambiar. Los detalles que antes me dabas se acabaron, más nunca me escribiste versos ni me dedicaste canciones. En definitiva, ese amor bonito de antaño se extinguió.
Tanto nos costó construir esta relación con las manos para que la destruyeras con los pies. Y es que la intolerancia a mis ideas y tu desconfianza fueron ganándonos terreno. El afecto se fue perdiendo poco a poco y, por ejemplo, cada vez nos fuimos volviendo menos íntimos en la cama, menos conectados.

No me cuidaste y ahora estamos oficialmente desmoronados, ¿Quién lo diría? Aquél amor ideal se vino a trizas porque una de las partes no dio todo de sí. Así que te digo adiós y para siempre, porque no tengo nada que hacer a tu lado.
Si no sabes valorar a una mujer, nunca esperes que su amor esté para siempre dedicado a ti.