No me asombra tu pregunta, se me hace normal que quieras saber por qué me fui. Si me hubieses prestado atención, quizá lo sabrías, pero preferiste ignorar mis silencios y pretender que solo eran “cosas mías”, problemas internos que yo sola solucionaría. Naturalmente, me fui porque solo respondiste a tus necesidades y olvidaste que al lado tuyo había alguien que también sentía cosas.
Traté de inventarme motivos por los cuales quedarme a tu lado, algo que sustentara mis ganas de seguir sintiendo cosas por ti, mientras tú, tal cual como una máquina destructora que se encargaba de acabar con todos, seguías indiferente a mis dolores y pesares.
Intenté reconstruir las cosas una y otra vez, e intenté colocar los pilares para sostener el amor que había entre los dos, pero tú insististe en derrumbar todo con tu estúpida actitud egoísta. Eso hice, hasta que mis manos se quebraron y me percaté de que ningún amor se sostiene con la voluntad de uno y que hacen falta el querer de los dos para que la relación se mantenga a flote, para que los proyectos se cumplan y para que las ilusiones de un futuro juntos, se hagan realidad.
Nunca exigí nada a cambio de tu amor, solo esperé que por iniciativa propia, el supuesto amor que tenías hacia mí, te hiciera un llamado para que me brindases tu apoyo. Pero, al igual que mis molestias, decidiste ignorar ese llamado y hacer de la vista gorda, porque tu orgullo es y siempre fue más pesado que el barato amor que me tenías.
Por ello, no preguntes por qué me voy, creo que es obvio. Pregúntate mejor si pudiste darme una razón para quedarme.