Sé que puede ser un poco duro acabar con una relación, aún más cuando lleva mucho tiempo sobre ruedas o, el poco tiempo que llevan, ha sido de mucha calidad.
El tema es que una relación siempre será una decisión en conjunto, compuesta por supuesto, por dos personas.
Pero, aunque una de las partes pueda sentirse maravillado y enamorado, si la otra no siente una química por la cual mantener la relación a flote, inevitablemente querrá irse.
Entre otras razones para separarse, está la tan común y patética infidelidad, secretos y muchos otros factores ajenos a la decisión propia de prevalecer unidos.
Pero, cuando llega ese momento, la madurez y la inteligencia emocional son imprescindibles para no hacer de dicha relación, una tortura.
“No me dejes”. La frase que nunca deberías decir.

Cuando no tenemos dicha madurez e inteligencia, nos podemos sentir aterrados de quedarnos solo, de que ese amor de nuestra vida consiga otra persona y de no poder con la soltería y el peso emocional que supone una ruptura.
Sea cual sea el impulso, este puede provocar que le pidamos a la otra persona que no se vaya, y es ahí cuando surge el “No me dejes”.
Supongo que las películas románticas de Hollywood o las telenovelas, nos han hecho ver esto como algo tierno o romántico.
La realidad es que esto genera una enorme culpabilidad y carga emocional sobre la persona que decide abandonar la relación, haciendo que lo reconsidere y que, en la mayoría de las veces, decida no irse solo por lástima o miedo a verte sufrir.
Eso no es amor, es en realidad, lástima y nada más. Cuando la relación intente avanzar así, te encontrarás con la cruenta sorpresa de que estás con una persona que en realidad ya no ama o no te ama, depende desde qué perspectiva lo veas.
La actitud en la relación de quien decidió quedarse cambiará, se sentirá molesto, lleno de estrés y ambos terminarán haciendo un cóctel tóxico en la relación.
Entonces ¿Vale la penas pedir que se quede a la persona que ya decidió irse?