La presencia es relativa al presente. Por lo que es muy importante tener y sentir la presencia de personas claves en nuestra vida, en el momento que se necesite, en tiempo presente y no ausente.

Que estén presentes en presencia, mente y corazón, y ello es lo que esperamos de esas personas que consideramos como significativas en nuestro día a día. Pues es su presencia la que nos hace avanzar, progresar y proyectarnos a un futuro, son como motores de vida.

Sin embargo, hay momentos a lo largo de nuestra vida que empezamos a percibir ciertos vacíos, alguien se ausenta y vemos cómo se van rompiendo costumbres y aparecen los silencios. Las miradas esquivas, y las dudas.

No hay ausencia más dolorosa que aquella de quien a pesar de estar a nuestro lado, nos abraza con la indiferencia, con la falta de atención o la ironía. Pocas formas de soledad pueden ocasionar tanto sufrimiento.

Quien se ausenta a veces es que no desea estar presente, y en ocasiones, se crean complejas situaciones que se alargan en el tiempo a través de las mentiras o las medias verdades. Tener la cabeza en otro sitio es dejar de prestar atención a lo que tenemos a nuestro alrededor.

Ofrecer vacíos a las personas que forman parte de nuestro presente es una forma de hacer daño y también de engañarnos a nosotros mismos. No es lo adecuado para ninguna de las dos partes. No obstante, también hay quien no lo percibe, quien no se da cuenta que el suyo, no es un vínculo satisfactorio, sano y emocionalmente seguro.

Hay personas que sencillamente, no saben amar. No saben estar presentes porque solo entienden un vínculo: el de ellos mismos.

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Hay quien en lugar de vivir parece que sólo pasee por la vida, sin que nada capte realmente su interés. Y hay quien, tras haber establecido una relación, ya sea afectiva o de amistad, empieza a mostrar desinterés y apatía de un día para otro, desconecta y se ausenta.

Quien empieza a estar ausente sólo es capaz de ofrecer un vínculo frágil, un abrazo helado que la mayoría de las veces precede la antesala del adiós, de esa despedida que nos llenará de incomprensión y decepción.

Son muchas las personas que hemos dejado atrás, simplemente, porque se enfriaron los lazos. Porque las miradas trasmitían cansancio, o falta de complicidad, o porque el estar ausente era la única forma de estar en equilibrio.