No soy de guardar rencor. No soy de odiar, eso se lo dejos a las almas débiles que no saben perdonar. Por ello, acepto tus disculpas, sin embargo, quiero que sepas que, por muchas veces que te perdone, el corazón seguirá igual de roto, porque una vez que lo rompes e intentas reconstruirlo, siempre se notarán las grietas que tú me causaste.
Las heridas estarán ahí para recordarme por medio del dolor, el peligro de entregarse por completo. Gracias a ti, un alma deja de creer en esa basura a la que llaman amor, inconsciente de que, lo malo no es amar, lo malo es, no escoger bien a quien darle el corazón.
Porque nos volvemos idiota al enamorarnos, y no tenemos cuidado de ver si quien lleva nuestro cariño en sus manos, es precavido al andar. No, lo único que parece importarnos, es que esa persona lo tenga, aunque esté bailando sobre una cuerda floja. No nos atemoriza, porque confiamos ciegamente en que esa persona lo va a cuidar, hasta que sucede, hasta que por fin cae y con él se lleva nuestro corazón, despedazándolo contra el suelo…
Y nos preguntamos, ¿De quién es la culpa? ¿De él por no cuidarlo, o mía por no ver bien a quién se lo di?
Supongo que de ambos es la culpa, porque, así como yo fui descuidada al escoger, él fue descuidado al jugar conmigo. Ya que, si bien supe perdonar, eso no significas que mis lágrimas y dolor se acaben, no significa que vuelva atrás con aquel hombre arrepentido que ruega por una oportunidad.
A veces, cuando se trata de amar, solo tienes un chance, no más. No hay otra oportunidad porque el corazón solo se rompe una vez, ya luego, no queda nada. Solo quedan malos recuerdos, cicatrices y malos conceptos sobre el amor, los cuales, no se quitan, no se borran con el arrepentimiento, solo se curan con el tiempo y la aceptación de que a veces, escogemos al mayor idiota para darle el tesoro más preciado de nuestras vidas, nuestro corazón y el amor propio.