Aceptar el amor que creemos merecer es la manera más fácil de darte cuenta cuánto te valoras. Los amores son el reflejo de lo que tenemos por dentro, pues el trato que recibimos de ellos, será acorde al valor y respeto que nos tenemos. Mientras que no haya dignidad ni amor propio, cualquier persona puede tratarnos como se le venga en gana, y el amor es peligroso pues nos puede cegar hasta el punto de que no reconozcamos que estamos mejor solos que mal acompañados.
Es común obsesionarse con esos amores que no nos tratan bien o que no nos corresponde. El ser humano tiene el instinto de perseguir aquello que resulta más difícil alcanzar, y en una relación donde lo único que se recibe es mal trato o indiferencia, es común ver a alguien quedarse en búsqueda de un amor que quizá, nunca llegue.
El amor, siendo un acto valiente, tiene que nacer siempre de adentro de nosotros. No existe un amor ajeno que sea bien recibido si no hay amor propio, pues, de nosotros debe haber el valor suficiente para reconocer los actos de respeto y atención ajenos. Esos actos son reconocidos en la medida que nosotros tenemos dentro, amor suficiente para que el amor ajeno se vea reflejado en él.
El alma funciona como un espejo, en él se ven las buenas y malas acciones y, cuando carecemos de amor propio, este espejo se opaca, haciendo que resulte más difícil diferenciar lo bueno de lo malo, lo necesario de lo innecesario, el amor y la obsesión.