Son las 3:00 AM, y he decidido capitular ante el fastidio. Luego de horas dando vueltas en la cama, luego de meditar, leer y hasta orar, no he podido rendirme la mente a los brazos de Morfeo. Hay algo que la ocupa, que le da fuerzas. Y no es el calor del verano, definitivamente no. Las ventanas están bien abiertas y mi piel desnuda recibe el regalo fresco de la brisa del mar.
No tengo sueño, y no encuentro forma de conciliarlo. He ido a la alacena a prepararme un té, acompañado de un tentempié, pero nada, sigo alerta, insomne. En estos momentos, es cuando recuerdo la manera en que él me hacía temblar con sus besos y sus caricias. Y lo revivo en mi piel, siento sus fluidos corporales mezclándose con los míos, esa simbiosis perfecta que nació en esta misma cama que ahora habito, sola, sin amor.
Creo que mi cuerpo necesita ser consolado. De repente, ya nadie lo besa, nadie lo acaricia ni lo rasguña. De noches en vela de puro amor, ahora tengo noches en vela de puro insomnio, de puro deseo, de pura amargura, como una cuerda tensada a punto de reventar.
He tratado de consolarlo, de aliviarlo con caricias que me aflijo a mí misma cada noche, pero nunca es suficiente. Pareciera que necesitara de otro cuerpo para domarlo, para castigarlo, para obligarlo a descansar. Si tan sólo tuviera a alguien a mi lado que me hiciera delirar y elevarme por los cielos…
Esta noche se pinta larga y oscura. No tengo a nadie para amar. Pero mañana romperé con esta larga sequía y me buscaré a un chico que esté dispuesto a amarlo como merezco. Un chico que me arranque los suspiros que jamás he tenido. Un chico que me devuelva la calma y el descanso. Un chico que me haga sentir, de nuevo, una mujer amada…