Te idealicé con los ojos de la esperanza y el amor.
Te idealicé tan completo que sentía que ni siquiera yo hacía falta en tu vida.
Te coloqué en un pedestal como si fueses un tipo de deidad divina a la cual vale la pena rogar por piedad y atención.
Te glorifiqué desnuda del maquillaje, prendas y otros artificios, porque eras naturalmente diosa y así te preferí.

Te tuve tan alto que yo no pude tocarte nunca, y eso fue justo lo que me mató.
El hecho de colocarte tan lejana e inalcanzable. Tan deseable y especial. Tan orgullosa y dotada de vida.
Fue eso lo que me hizo golpearme tan fuerte en el asfalto, porque escalé peldaño a peldaño para alcanzarte en ese lugar donde mi corazón te había puesto, para que, al llegar al final, solo me dase cuenta que eras una simple mortal.

Te vi de frente y me percaté de esos defectos que con esmero intentaste hacerme notar, pero que con los ojos enamorados preferí ignorar.
Y es que así son los corazones locos de enamoramiento.
Se enloquecen por aquella persona tan espectacular que pierden la razón de que, al igual que ellos, estas deidades también sangran, sufren, ríen y lloran.
Y la cura de esa ceguera es el tiempo, pues con él, eso que llaman enamoramiento, se acaba y la venda que tapaba los ojos encargado de ver a los defectos, cae al suelo, y de esa manera queda al descubierto que, aquella persona a la que idealizaste, solo era un mortal más, dispuesto a fallarte, dispuesto a jugar con lo poco razonable que queda de ti.