Solemos decir que los hermanos son los primeros amigos de nuestra niñez. Con ello, en parte e injustamente, a veces olvidamos el valor que los primos tienen en los primeros juegos, en los primeros intercambios y en los primeros afectos. Se puede decir que la amistad entre primos es una amistad increíble dentro del mismo árbol familiar.
“Los primeros amigos, nuestros familiares”
Quien ha tenido el placer y el gusto de crecer con primos a su compañía saben lo que se desean los encuentros espaciados, las tardes de juego, las historias por contar, las noches conversando durante horas, las discusiones y las disculpas casi obligadas.
Al tener una pelea con un primo a los minutos ya estamos pidiendo disculpa y esto se debe a que, cuando éramos niños sabíamos muy bien que cada segundo de juego era un tesoro maravilloso el cual no podíamos descuidar, y refunfuñar significa hacerlo.
Con nuestros primos aprendimos a relacionarnos más allá de las fronteras de nuestro hogar, olvidamos toda aquella cosa que era real ya que nos sumergíamos en un universo de ensueño que nos hacía volar y volar a lugares llenos de fantasía y alegría.
“Los primos, una amistad para siempre”
Las tardes de juegos y los secretos compartidos hicieron de esos momentos de nuestra niñez algo memorable. Aprendimos a compartir, a solucionar problemas, a recoger lágrimas, a escuchar, a curar heridas, a hacer aromas con flores, a recoger tesoros, conseguir valiosa a la naturaleza y la sabiduría emocional que nos transmite la existencia de una vinculación tan increíble como la que se establece entre los hijos de los hermanos. La relación que mantienen los padres y los tíos se refleja muchas veces en el clima que se establece en los juegos y la relación de los primos.
“Separados en la distancia, unidos en el corazón”
A medida que vamos cumpliendo años se despierta entre los primos una dificultad especial, que se traduce en una permanencia sentimental única. Sabemos que están allí aunque no los veamos. Si esta relación está bien cimentada puede durar toda la vida, transformándose en una amistad increíble dentro del núcleo familiar. De aquí nace una felicidad que no puede reemplazarse.
