Escrito por Ángel Dichy
Fue un beso con el que te conocí.
Porque en este, pudiste decirme todo aquello que habías callado y que en solo 5 segundos pudiste expresarme a través de tus labios unidos a los míos, como uña y carne, como un abrazo, como justo lo que era, un beso realmente apasionado que gritaba todo sobre la vida de cada uno y sobre las cosas que faltaban por conocerse, por salir a la luz.
Y así, de beso en beso, de caricia en caricia, nos fuimos conociendo, haciéndonos más cercanos, íntimos, amados.
No había un buenos días y un hasta mañana que no estuviese acompañado de uno de estos besos. No hubo un buen provecho o un te ves hermosa, que no estuviese seguido y adornado por uno de estos besos.
Y es que era inevitable, en ellos, podía decirte más de lo que mis palabras lograban formar. En ellos, transmitía algo más que saliva. En ellos tenías todos esos sentimientos que una vez formaron parte solo de mí, y que, en ese momento, fueron también tuyos, pero ahora, están en la piel de otra mujer.
Pero ¿Cómo?
Ni yo lo sé. A veces, los besos pierden esa magia que los tienen tan bien cuidados y mal acostumbrados a ser precisos a ciertas horas del día y estar presentes en recurrentes doctrinas de afecto.
A veces, y solo a veces, la doctrina se vuelve monótona y una de las partes necesita algo más. Necesita de nuevos besos que sepan ir más allá de los labios y tu boca. Necesitan a veces, que les besen el alma. Y a mí, me faltaron darte de esos besos.
No es cuestión de ser un buen o mal besador, es cuestión de que a veces, los besos que se dan, no son suficientes para alguien que quiere y merece más.
Por eso, no busqué una piel que se conformara con lo que besaba, sino que buscaba, en justa medida, lo que ofrecía, aunque todavía, mientras pruebo labios ajenos, mis besos piensan en ti.