Existen conductas, montones de ellas, que nos definen. Compartir la vida con alguien es algo complicado, y cuando las cosas no salen como nosotros queremos, solemos sentirnos tentados a manipular emocionalmente a las personas que nos rodean para obtener lo que queremos.
No existe nada de sano en ello, y es precisamente nuestra capacidad de diferenciar una buena de una mala acción, lo que nos aleja de dicha tentación. Sin embargos, quienes optan por manipular, suelen buscar la mejor manera para explotar las emociones ajenas, y una de ellas es haciéndose la víctima.
PROBRECITO YO.
Los victimizados, suelen adoptar la conducta del “pobrecito yo” y de “A mí todo me sale mal”. Los más expertos manipuladores pueden fingir el llanto con facilidad cuando las cosas se le salen de control, solo para retomarlo.
No poseen limitaciones algunas en comparación con el resto de las personas, pero evidentemente, al interpretar su papel, logran verse como las víctimas y los afectados por todas las cosas que suceden. Esto no solo sucede en el amor, también en los ámbitos laborales y profesionales, en los que, con tal de conservar su puesto, recurren a la victimización para librarse de la culpa.
Es justo este el propósito principal de un victimizado. La liberación de la culpa es casi automática cuando alguien ve que una persona es víctima de algo, porque es así, en un escenario conflictivo siempre haya una víctima y un atacante, y quien recurre al “pobrecito yo”, siempre tendrá el beneficio de la duda por delante.
El locus de control externo
El locus de control es un término psicológico asociado a la percepción que tiene una persona sobre el control de las eventualidades externas o internas. En términos más sencillos, si una persona tiene un locus interno, se responsabiliza por todo lo que suceda en su vida, incluso se hace responsable por aquellas cosas de las cuales no tiene alcance.
En el caso de las personas que asumen el papel de víctimas, su locus de control es externo, para ellos, nada de lo que ocurre en sus vidas es su responsabilidad. Creen que todo y todos tienen potestad para hacer su vida mejor o peor de lo que es. Normalmente creen en la suerte, en el destino o en cualquier cosa que les hable de que independientemente de sus acciones el resultado será el mismo y no se esfuerzan demasiado en conseguir los resultados que desean.
La lástima y la culpa.
El juego emocional del victimizado, por lo general consiste en crear culpa o lástima en las personas que le rodean. De este modo, buscan refugiarse bajo la protección que ofrecen aquellos que le ven afectado por alguna eventualidad, incluso, cuando el culpable de dicha eventualidad, fue el propio victimizado.
Los que interpretan estos papeles, buscan tocar las fibras emocionales de aquellos quienes le rodean, inspirando lástima y buscando, de alguna manera, atención y perdón de los demás. Es importante alejarse de este tipo de personas, pues llevan encima una fuerte carga negativa que puede desembocar en relaciones tóxicas de todo tipo, tanto de pareja, como de amigos y profesionales.