El amor y la felicidad son dos de los tesoros más preciados de la humanidad. Estos dos estados van de la mano y suponen un nivel de bienestar que no se compara con nada.
Para poder alcanzar ese nivel, nos disponemos a tener todo lo que podamos: casa, coche, hijos, esposo, vestidos y zapatos, dinero, suficiente comida…. Sin embargo, nada de esto nos genera una satisfacción permanente, pues no responde a la esencia de la verdadera felicidad: apreciar lo que somos y no lo que tenemos.

A medida que vamos creciendo, la vida pareciese pasar de ser un eterno juego a una obligación constante. Nos dedicamos a perder la frescura de la juventud a cambio de un trabajo que no nos satisface, una pareja que nos hace sentir más solos que acompañados, un mal día, una pelea constante.
En la medida en que nos damos cuenta de que mientras más poseamos menos somos nosotros mismos, nos preguntamos cómo valorar lo único que podremos llevarnos a donde vayamos: nuestra mente.
De igual manera, manejamos la idea errada de que ser felices es no sentir tristeza o ira, y de que los momentos malos no se repetirán jamás. Una persona feliz es aquella que a pesar de sus problemas se mantiene de pie, caminando hacia su desarrollo personal.

Y es que idealizamos tanto la felicidad que llegamos a creer que es como el “felices para siempre” de los cuentos de hadas: todo queda perfectamente bien y nada más pasa de allí.
Si de vez en cuando nos dedicásemos a ver más hacia dentro de nosotros de lo que vemos las vitrinas de los centros comerciales podremos encontrar cosas más valiosas y satisfactorias que cualquier objeto: nuestros valores y principios, nuestras experiencias con sus desatinos y sus risas incontrolables, los mejores momentos solos o acompañados.