En ocasiones, como todo en la vida, todo lo que hacemos o la manera como actuamos, puede tener sus ventajas y desventajas, toda acción conlleva a una reacción, algunas nos pueden agradar, pero otras, por el contrario, nos pueden desagradar.

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Y la posición que se ocupe en una relación sentimental no es la excepción de ello, pues, ser la amante tiene sus ventajas y a veces ser la esposa no es una prioridad. Es por ello, que, en el presente artículo, traemos una historia, basada en una experiencia personal, desde el punto de vista de su autora, la cual presenta las razones principales de por qué prefiere ser la amante que la esposa.

“La verdad es que a estas alturas me importan pocos las críticas. Sí, también fui la esposa, la que le entregó todo, la que calló para hacerlo feliz y la que volteó a otro lado cuando alguna tentación se le atravesó, también soñé con la familia hasta la vejez. Pero, hoy, por estas razones prefiero mil veces ser la amante que la esposa.

Me cansé, de ser la que dormía hasta la madrugada, con un dolor en el pecho lleno de angustia y preocupación. ¿Con quién está? Me aburrí, de bajar la cabeza cuando preguntaban por él, de oler el aroma de otra mujer en su ropa, de guardarme las lágrimas para que él no me viera, por esas razones prefiero mil veces ser la amante que la esposa.

Entendí que ella no tenía que preocuparse por la aparición de ojeras, que se dedicaba tiempo, tiempo para consentirse y verse bien. Entendí, que ella gozaba mientras yo sufría, pero lo que más me quedó claro es que no necesito el título de esposa para ser feliz. Eso no te garantiza nada.

La amante de mi esposo me enseñó que se puede querer con el alma y la carne, que en el amor no existen reglas y que entre más disfrutes cada momento es mucho mejor. Me dije: ¿por qué no? Por esas razones preferí ser mil veces la amante que la esposa. Por eso dejé a mi marido.

Y ahora, no estoy interesada en ningún compromiso. Me volví libre, solitaria pero amada. Me volví independiente y elijo estar con alguien porque quiero y lo deseo, no porque lo necesito. Aprendí a no mezclar los sentimientos con cualquiera y, en lugar de perder el tiempo haciendo feliz a un hombre, me lo dediqué a mí, a verme bonita.

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Sí, tal vez ahora me juzguen porque la gente no puede con mi sonrisa, porque el brillo de mis ojos grita libertad y porque mis caderas cada vez se contonean más desde que no paran de disfrutar. ¿Y qué? Prefiero eso que vivir en un ¨matrimonio¨, que más bien parecía un calvario”.