Lo que duele, lo que preocupa y angustia, si se comparte con la persona adecuada, pesa un poco/mucho menos. Por tanto, necesitamos personas que sepan dar espacio a las palabras y al desahogo emocional,
porque lo que se silencia acaba agravando aún más el problema.
Hay que hablar de lo que duele para que la herida duela menos. Pero…, eso sí, a la hora de hacerlo no vale cualquier persona. Más allá de lo que podamos creer, no todos los que tenemos cerca están habilitados para escuchar sin juzgar, para hacer del silencio y de la palabra un valioso refugio. El apoyo emocional es una competencia muy afinada que, además de tiempo y paciencia, requiere de habilidad y tacto.

Admitámoslo, si ya es complicado dar voz a nuestros ovillos de sufrimiento internos, aún lo es más atrevernos a hablar con alguien sobre lo que nos ocurre.
Poner voz y dar discurso a lo que duele es exorcizar muchos de esos demonios internos largamente mantenidos. Es higienizar la mente y el corazón para dar espacio a cosas nuevas, saludables y vitales. No obstante, es necesario desenredar y liberar esos universos de dolor con las personas adecuadas. Elegirlas también es una habilidad.
«El dolor silencioso es el más devastador».
Hablar de lo que duele para vivir mejor
Hay muchos tipos de dolor. Los hay que se van con un analgésico; otros con una noche de sueño reparador. Los huesos rotos terminan por sanarse y las quemaduras, aunque dejen cicatriz, también se curan. Ahora bien, el sufrimiento psicológico no se ve en una radiografía ni se alivia definitivamente con un fármaco. Este tipo de dolor necesita expresarse, razonarse y confrontarse para iniciar un lento proceso de recuperación.

El dolor necesita de la palabra para sanar. Hay que hablar de lo que duele para vivir mejor, pero no siempre es fácil establecer ese diálogo desde el que liberar el malestar poco a poco. De este modo, algo que ven los psicólogos a menudo en su práctica clínica es que son muchas las personas que se han habituado no solo a no hablar de lo que les preocupa o atormenta. Vivimos en una sociedad en la que nos han convencido de que si la vida te golpea tres veces tú te levantas cuatro. Nos han
enseñado a que si uno cae, hay que levantarse rápidamente para aparentar fortaleza.
No todo el mundo es accesible por muy cerca que los tengamos. En ocasiones, la propia familia no es precisamente la mejor referencia a la hora de desahogarnos. Para hablar de lo que duele, necesitamos personas empáticas y habilitadas en el arte de la escucha.

Tengámoslo claro, cuando pasamos por un mal momento no siempre necesitamos que nos den consejos o palmadas en la espalda. Lo que en muchas ocasiones espera quien sufre es sentirse comprendido, es percibir que el otro hace lucha común con la pelea que libra.
Escuchar del otro un «entiendo lo que dices, lo siento, te apoyo y estoy contigo para lo que necesites’», actúa como una verdadera medicina. Es más, estás frases son, en muchas ocasiones, el puente que nos permite acceder a niveles realmente más profundos de comprensión.