Las decepciones forman parte de la vida, sin embargo, superar estas es muy difícil, y aún más si corresponden a un amor, pues las heridas de este no se cierran de la noche a la mañana, hay que ser pacientes, y justo en ese proceso es cuando realmente nos conocemos de verdad.

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Aunque nos cueste un poco, hay que ser fuertes, y no dejar que los recuerdos y pensamientos se apoderen de las emociones. Todos esos malos pensamientos en donde se cree que se pudo haber evitado, que tal vez la ruptura no era la mejor opción y hasta se entra en una etapa de culpa, el solo pensar en ello nos afecta.

Los recuerdos duelen, pero el tiempo pasa y no regresa. No se trata de bloquear los pensamientos, de hacer como si no ocurrió, de fingir sonrisas y esconder las lágrimas. Porque tarde o temprano nos alcanzaran, hasta que nos detengamos y las enfrentemos.

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El ser humano tiene la capacidad de revivir el pasado, de volver a ese día y vivir nuevamente la decepción en el alma, el engaño en el corazón y sentir el nudo en la garganta. Aunque suene difícil de creer, lamentablemente los seres humanos nos hemos convertido en masoquistas, capaces de arrancar la cicatriz y esperar a que vuelva a sangrar.

En psicología se le conocen como huellas mentales, sí, esa que viene a la mente y aparece la peor escena de la vida. El dolor está ahí, esperando a que se viva, a que se deje que los huesos se escuchen con cada lágrima, pero esa es una etapa que hay que vivir, luego se recuperara la estabilidad emocional, el dolor no dura toda la vida.

No pasa nada si analizamos, observamos cada detalle y nos preguntamos qué es lo que nos hace sufrir. Y si lo podemos cambiar, entonces hay que resignarse y seguir, de otra manera seguiremos estancados.

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Una herida no se cura de la noche a la mañana, hay que hacerlo con amor y paciencia. No por la otra persona, sino por uno mismo, hay que llorar lo que se tenga que llorar, no hay porque callar. Gritar si es necesario y vivir la pérdida.