El orgullo está relacionado con la autoestima. Cuando esta se ve dañada por algún motivo, el orgullo se despierta como una manera o forma de protección. Cuando sucede algo que nos toca la tecla del orgullo, nos ponemos en estado de alerta. 
Y es que, si hay una emoción poderosa, esa es el orgullo. Está presente en las realaciones familiares, laborales, personales y por supuesto, en la pareja. Tiene su lado amable, pero hay que tener cuidado, su cara negativa resulta muy poco práctica.
Cuando el orgullo hace a penas acto de presencia, o se asoma en nuestra vida, aunque su intención sea buena, es difícil conectar con la otra persona o con uno mismo desde ese lugar, porque lo que se esconde detrás es uno de nuestros peores miedos: el rechazo a no estar a la altura, a que no nos quieran. Es una respuesta inconsciente, pero que desgraciadamente a la larga, daña mucho.
El orgulloso tiene mucha dificultad para ser flexible, para cuestionarse o para recular ante un error. La palabra perdón o el hecho de reconocer “una aparente debilidad” se le atraganta. Y desde ahí, va aguantando los días y es incapaz de ceder. Por eso, esta actitud arrogante nos hace pagar un precio elevado: la soledad. Así somos muchas veces, pero la buena noticia es que podemos salir de ello.
Enfocándonos por lo primero, podremos quedarnos solos demostrando una y otra vez que el resto del mundo es el responsable de lo que nos duele. Pero desde ahí, no se avanza y encima, nos quedamos peor.
Por ello, no es una decisión precisamente práctica. La mejor inteligencia es aquella que nos ayuda a tomar decisiones adecuadas y a veces, es preferible pasar un momento en el que nos tortura o carcome una palabra (como pedir perdón o reconocer un error) que dejar pasar los días aguantando por orgullo.
Lo segundo y lo más importante, necesitamos honestidad profunda. Detrás de los arranques de orgullo que nos daña, hemos de reconocer que lo que hay es dolor o miedo, miedo a sentirnos solos, al rechazo o a la crítica. Desde la sinceridad crecemos y podemos avanzar.
Hablar en términos de orgullo nos distancia aún más de los otros y de nosotros mismos. Cuando reconocemos que algo nos duele y no soltamos lo primero que nos dicta el orgullo, podemos entablar una conversación sincera con el otro y con uno mismo.
Pero, en cambio, si la persona que tenemos enfrente hace gala del orgullo en su peor faceta, una vez más, necesitamos cambiar el punto de vista. Si en vez de contemplarle desde esa respuesta exagerada, comprendemos que es una persona que está herida y que no tiene mejores recursos, podremos entablar una conversación más honesta.
Pero si el otro se niega a ello porque el orgullo no le deja, lo mejor es que sea el tiempo quien le ayude a entrar en razón.
En definitiva, todas las emociones tienen un por qué. El orgullo presenta su lado amable cuando nos ayuda a superarnos o cuando sentimos satisfacción por otros o por nosotros mismos. Sin embargo, tiene también una mala versión de sí misma, cuando el orgullo actúa como unos zancos que elevan a una autoestima debilitada. Desde ese lugar, es difícil sentirse bien con uno mismo.