Cuando hablamos de actuar por miedo, nos referimos a esos estados en los que el temor es el factor determinante para tomar decisiones y diseñar nuestro estilo de vida. Usualmente no somos tan conscientes de que esto ocurre, sino que tratamos de encubrirlo de algún modo.

Actuar por miedo es una elección que hacen algunas personas, pese a que el precio sea su propia libertad. En muchos casos esta no es una decisión consciente y está inspirada en límites que un día fueron útiles.
A veces, la excesiva prudencia, o seriedad, o meticulosidad son formas de actuar por miedo. Lo sobrellevamos mejor si lo vemos como una virtud y omitimos las enormes cargas y las grandes limitaciones que esos excesos imprimen a nuestras vidas.
Es decir, que actuar por miedo es una forma de no actuar. Con demasiada frecuencia a eso es precisamente a lo que conduce el temor: a abstenerte de hacer algo, en función de riesgos y peligros que la mayoría de las veces son imaginarios.

El actuar por miedo no es un propósito consciente, sino el resultado de una educación o un conjunto de experiencias que nos quitaron la confianza en lo que somos capaces de hacer. Implica traumas o vivencias dolorosas no resueltas o una interpretación errónea del peligro.
Para saber si estamos actuando, o dejando de actuar, simplemente por miedo, tomemos nota de estas señales:
- Detestamos los cambios: Nuestro estilo es el de diseñar un estilo de actuar frente a diversas situaciones y obstinados en él. Si hay algún asomo de cambio, nos sentimos amenazados y molestos.
- Nos mata la indecisión: Solemos mostrarnos indecisos, cuando tenemos alguna alternativa al frente. Si es algo que implique un cambio o un riesgo, demoramos aún más. Les damos muchas vueltas a cada cosa y, por lo general, terminamos optando por abstenernos de actuar.
Hay muchos proyectos en nuestra cabeza que nunca hemos realizado. También nos hubiera encantado expresar lo que teníamos atravesado en la garganta, pero preferimos evitar problemas. Y así sucesivamente.
- Criticamos a las personas que asumen riesgos: Por alguna razón, nos incomodan las personas que son muy determinadas, o que se enfrentan al cambio o al riesgo con decisión. La molestia nace de nuestro sentimiento de deseo y restricción para hacer lo mismo.
También sucede que hay experiencias que se fijaron en nuestra mente. Nos violentaron alguna vez, por sorpresa, y a de ahí vivimos prisioneros de la posibilidad de que vuelva a ocurrir. Hay que tener mucho coraje para dejar atrás esas huellas dolorosas. Ayuda si nos hacemos conscientes de que son fantasmas. Y que los fantasmas solo desaparecen cuando los miramos a la cara.