En el amor múltiples hormonas entran en juego y provocan esas mariposas en el estómago. Lejos de las ataduras morales y los tabúes que esconde en su hipocresía cualquier sociedad, ejercer plenamente la vida sentimental es una acción tan importante como el desarrollo personal o profesional.

A pesar de los complejos que aún cargan los individuos sobre sus conciencias, heredados desde el pensamiento filosófico que condena al cuerpo y lo material y enaltece lo ideal, transmitidos a través de la religión o las buenas costumbres, el tener relaciones no es una actividad únicamente reservada para quienes tienen una pareja estable y pueden practicarla con ella.

Cuando no existe una relación de pareja para cumplir con las reglas que dicta la sociedad para tener ese contacto físico tan deseado, lo obvio es encontrar un compañero para practicarlo.

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Los medios para conseguirlo distan de la novedad y son tan antiguos como la reproducción misma, pero los canales se modernizan en cada época y en la actualidad es posible ligar desde Tinder, Match u otras apps vía smartphone.

El gran problema que experimentan buena cantidad de personas que practican encuentros casuales que no son los prejuicios, sino un sentimiento de apego que nace después de una noche de contacto físico.

Nada más abrir los ojos en una cama desconocida, es normal querer salir corriendo y poner fin al encuentro; sin embargo, más de la mitad de hombres y mujeres en esta situación sienten una atracción involuntaria y posterior hacia sus parejas casuales, sin importar si les parecen aburridos, desagradables e incluso mal parecidos.

Así lo confirma un estudio de la bióloga y antropóloga Helen Fisher, especializada en la investigación sobre los orígenes del amor desde la ciencia.

Según Fisher, que trabaja analizando una especie de roedores de campo que presentan comportamientos monogámicos y de atracción similares al ser humano, las relaciones funcionan como un mecanismo que perpetúa la especie y genera un vínculo de fidelidad y pertenencia a través de dos hormonas: vasopresina y oxitocina, las verdaderas responsables del amor.

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Los resultados del estudio arrojaron que las acciones que estimulan la vasopresina y oxitocina en los mamíferos, son las responsables de quedar ‘enganchados’ después de una noche que ni siquiera fue la mejor.

Una vez que estas hormonas se apoderan del cerebro, un subidón de adrenalina similar al causado por el consumo de cocaína provoca empatía y añoranza sobre la pareja inmediata. Se trata de un cóctel explosivo de neurotransmisores que podría ser la clave para comprender al amor como una reacción química que se apodera de la mente.