Soy consciente de que me creí el cuento de que estábamos destinados a estar juntos para siempre, que él era sólo para mí, me creí esa historia de “felices para siempre”, en la que él hacía de todo por quedarse conmigo hasta el fin.
Luche mucho por nuestra relación, le di todo de mí, le regale mis suspiros, mis sueños, puse toda mi fe en él, y al parecer no fue suficiente. Ya que parecía que nada le hacía feliz, poco a poco alejándose de mí, dejándome sola, dejándome con el alma rota y mil promeses rotas por cumplir.
Al estar con él descubrí que no vale la pena luchar por amor, que el amor no es para todos, al menos para mí nunca lo fue a su lado. Me prometí no volverme a enamorar, a cuidar mi corazón porque no quiero volver a sufrir por amor. Me prometí no volver a enamorarme, no quería volver a darme oportunidad ante ese sentimiento, me falló una vez y pensé que siempre lo iba a ser.
El tiempo pasó y mis heridas fueron sanando, aunque podría decir que sus recuerdos siempre se mantenían dentro de mí. Sin embargo, no faltó alguien que intentase acercarse a mí, pero mi escudo siempre los evitaba espantándolos al final.

Sin embargo, en el momento menos pensado apareció alguien que me cautivo con su mirada y su sonrisa seductora. Aunque me encontraba con ese escucho protector, no podía resistirme ante los encantos de esa persona. Su inteligencia, gentileza, fue quien hizo que poco a poco entrará en mi interior.
Pero comencé a espantarme y salir corriendo de ahí, pero me diste la vuelta y besaste mis labios, atrapándome así y haciendo que vuelva a latir las emociones que se encontraban muertas. Poco a poco comencé a descubrir que no todos los hombres son iguales, que hay quienes saben valorarte y darle un buen sentido al amor.
Comprendí que las heridas son lecciones que nos preparan para algo mejor. Por ello, me encuentro agradecida de ese dolor, pues si él no me hubiera dejado, no hubiera conocido a esa persona tan especial, que ahora complementa mi vida.
Ahora lo puedo decir con seguridad, que el amor de mi vida llegó después del error que tuve, ese que me enseñó que en nada puede compararse a ti.