Le escribo a aquella mujer que se habituó a excusar cada una de las carencias por creer que en ese entonces, en ese momento debía anhelar.

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Aquella que se fatigó de siempre estar pendiente, por la que no daban nada, que además siempre pensó que todas las demás eran más atractivas, a la que aquel estuvo envolvió en falsedad por que no concedía cuanto deseaba. Así estuve hasta que me di cuenta que conseguiría un mejor compañero.

¿Debo permitir las faltas de lápiz labial en la camisa?, ¿Cuándo estoy con los niños debo disimular el llanto?, estas y otras preguntas me hice por largo tiempo, hasta que decidí ser una verdadera mamá, y cuando estén ya mayores sepan la realidad que estuvo a su alrededor. Aunque nos estalle el corazón debemos describir la situación.

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Es conciliador aquellos momentos que aprendimos, que requeríamos del otro para apreciarnos, que le damos sentido a nuestro días, en donde aisladas nos sentimos frágiles frente al universo. Pues te digo, no es necesario, fueron innumerables las veces que perseveré sola. Él habitaba allí, sumergido en su naturaleza, yo debía reaccionar al instante, olvidarme por completo de todo.

Cuando se fué el me dijo que no lo lograría, que estaba perturbada, que suplicaría por su retorno, más no ocurrió así, ni ocurrirá. Es más favorable estar desolada que con una persona que no siente ni padece nada por ti. Volver a la soledad no era factible, requería momentos en compañía sin
embargo seguí adelante.

En la actualidad dispondré y estableceré prioridades, armando lo que imaginé en algún momento que sería mi vida. Ten siempre presente que tú puedes con lo que te pasa y aún más, que puedes lograr lo que te propongas, que el tiempo es perfecto, que puedes darte y amarte si te propones hacerlo.

Siempre vive el presente que podrás con todo, nunca desfallezcas, cuando menos lo esperes te darás cuenta que se valoró la dificultad.

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