Cuando sentimos que la fidelidad es un compromiso o una responsabilidad, el amor no parece ser tan “real”. Esto se debe a que los actos de lealtad salen por sí solo cuando queremos a la persona que tenemos al lado. Es como si se tratase de un síntoma del estar enamorado, por lo cual, ser leal es tan placentero como cualquier otra acción que se cometa en nombre del amor.
La fidelidad no se mide por cuantas personas dejamos de tratar por nuestra pareja, sino por la mentalidad y carácter que adquirimos ante dichas personas. Podemos seguir teniendo un trato muy amable con las demás personas sin ser infieles, pues la amabilidad no es coqueteo, sino educación.
Esta manera de verlo debe ser aceptada por la otra pareja, pues, así como ser “fiel” es un placer al estar enamorado, debe ser un placer aceptar a la otra persona con su manera de tratar amablemente, a sus propias amistades.
La fidelidad se vuelve mutua en la medida que amamos realmente, no hace falta que estemos exigiéndola, y si ese fuese el caso, deberíamos analizar si realmente la persona que tenemos al lado, nos ama o si nosotros somos demasiado inseguros para confiar en el trato que la pareja tiene para con los demás.