Por lo general, las mentiras son una declaración realizada por alguien que sabe, cree o sospecha que es falsa en todo o en parte, esperando que los oyentes le crean, de forma que se oculte la realidad o la verdad en forma parcial o total.

Es por ello que cuando alguien miente de forma repetida deja de tener una respuesta emocional ante sus propias falsedades. Así, y ante una ausencia total de sentimientos esta práctica se hace más fácil y se convierte en un recurso habitual.

Normalmente, las personas acostumbradas a decir mentiras, incluso sin ser necesarias, se convierten en mentirosos compulsivos, en donde las mentiras forman parte de su vida diaria, es algo normal para ellos y simplemente no reaccionan ante las realidades que los envuelven, pues se aferran tanto a sus mentiras que ellos mismos terminan convenciéndose que son verdades.

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Por eso, los neurólogos han llegado a la conclusión de que el cerebro de un mentiroso funciona de manera diferente: son mentes hábilmente entrenadas para ese fin.

Si hay algo que caracteriza al cerebro humano es su plasticidad. Por ello, no nos extrañará saber que la mentira es al fin y al cabo una habilidad como cualquier otra, y que, para mantener un buen nivel de excelencia, basta con practicar a diario.

El campo de la psicología y la sociología siempre se ha sentido interesado por el mundo de las mentiras y el engaño. Sin embargo, desde hace unas décadas y en vista de los grandes avances en las técnicas de diagnóstico, es la neurociencia quien nos está ofreciendo una información más valiosa a la vez que inquietante.

Quien empieza con las pequeñas mentiras y hace de ellas un hábito, induce al cerebro a un estado progresivo de desensibilización. Poco a poco, las grandes mentiras duelen menos y se convierten en un estilo de vida.

Tali Sharot, una profesora de neurociencia cognitiva del University College de Londres nos indica que, efectivamente, hay un componente biológico, pero también un proceso de entrenamiento. Así, la estructura cerebral que se relaciona de forma directa con estas conductas deshonestas es sin duda la amígdala.

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El cerebro del mentiroso pasaría en realidad por un sofisticado proceso de auto-entrenamiento donde acabar prescindiendo de toda emoción o sentimiento de culpa.