Todos llegamos a esa edad en que el cuerpo pierde valor. Esa edad en la que se reconoce que la piel se arruga, cae y deja ir su atractivo. Cuando aceptamos eso, empezamos a amar de verdad, porque emprendemos la búsqueda de un alma sincera y no de un cuerpo bonito.

Amar de verdad, se trata de conseguir un espíritu que se acople al tuyo y viceversa. Cuando comenzamos a ver a la entrega como un asunto de trascendencia, que va más allá del tiempo, empezamos a ver con el corazón y no con los ojos.
Sabemos que estos días son difíciles en cuanto a la búsqueda del amor sincero, pues la sociedad alimenta constantemente esas aspiraciones de egocentrismo y enamoramiento fácil. Porque sí, enamorarse es fácil, basta con ver una linda cara y una buena figura, para sentirse “enamorado”, o al menos eso es lo que creen los que no saben nada del amor.
La verdad es que las personas se sienten fuertemente atraídas por los cuerpos atléticos y cuidados, eso nadie lo niega, pero “enamorarse”, es un asunto más complejo. Son quienes hacen la diferencia en su mente, los que se dignan a ver un poquito más allá de la piel y, eventualmente, ir conociéndose mutuamente hasta el punto de decir que están amando a su pareja.
El tema con los cuerpos, es que inevitablemente son un reflejo de cuánto nos podemos “querer”. Una persona que se cuida, es una persona que se quiere, y eso es lo que resulta atractivo. Sin embargo, vuelvo y repito, no es lo mismo la atracción que el enamoramiento o el amor. La atracción es un gancho, algo que ayuda a enamorarnos de forma más fácil, pero puede haber enamoramiento sin atracción previa, y eso se da cuando la persona demuestra un alma bondadosa, carismática y realmente llamativa, porque el corazón, también persigue el atractivo, pero del alma.