El recuerdo de tu piel se escondió entre las yemas de mis dedos, sedientos de quererte volver a tocar, mientras que en mis ojos, cerrados y dormidos, aún te soñaba, mientras que despierto, siempre te pensaba.
Eso es lo que pasa cuando una persona que cala tan hondo en ti, tan profundo, a esos lugares donde más nadie ha logrado llegar, se va, sin nada que le detenga, sin alguna razón para volver y sin importar el motivo de su partida en realidad.
Una infidelidad, un engaño, un secreto desagradable o un mínimo gesto, puede romper cualquier ligadura emocional que tengamos con otra persona, porque sí, las emociones son la parte más frágil de las personas.
Pero, al romperse, dejan en el pecho una especie de energía que se transforma en recuerdos y prevalece durante mucho tiempo, durante meses, años, durante toda la vida quizá.
Supongo que es porque nos acostumbramos a esa persona, a despertar a su lado y verla debajo de las sábanas por las noches donde lo único que alumbraba era la luz del televisor y la farola de la calle.
Esos instantes en que nos quedábamos quietos, con las manos en el rostro del otro y solo mirándonos, inmortalizando ese instante como una foto, son esos momentos que prevalecen en la memoria y que ninguna enfermedad de la cabeza o accidente en el que debamos perder dicha memoria, podrá arrebatarnos.
Algunos, nos gusta aferrarnos a ese recuerdo, ese pensar del día a día para no dejar ir por completo a esa persona. A algunos, nos perece mejor verla de nuevo en nuestros sueños y hacer que cada visita de ella en la noche, mientras dormimos, también sea un momento inolvidable.