A veces no necesitas abrir el corazón.
A veces basta con entregar la piel y nada más.
A veces ni siquiera merecemos dar un saludo.
Y a veces, debemos escuchar al cerebro.

No siempre es bueno sonreír por compromiso. A veces, es mejor distanciarse de las personalidades dulces y cariñosas. En ocasiones es mejor dar solo esa parte que todo mundo detesta, pero que aún así, es deseable y la cual persiguen.
Porque parece que el hombre se ha vuelto codicioso de aquello que resulta difícil alcanzar, y quienes somos nosotros para llevarle la contraria, por eso, demos a la gente lo que busca y a la vez, no demos nada.
Porque quien de verdad quiere escuchar tu alma, no se sienta a esperar a que dé su discurso. Quien de verdad quiere escucharte, va y hace lo que está en sus manos para darte la inspiración de hablar, y así, cuando lo hagas, cada palabra será para esa persona. Porque el cariño no se reparte así sin más. El cariño y el tiempo se dan en justa medida, pues siempre es un bien escaso y no renovable que debemos guardar como lo más valioso que tenemos.
Por ello, a veces conviene la frialdad y la desconfianza.
A veces conviene la antipatía ante las sonrisas falsas.
A veces es mejor no amar a cualquiera que nos ofrece el universo.
A veces es mejor estar solos.