Dejar ir duele, y mucho, pero cuando nos aferramos a algo que nos hace daño, nos estamos entregando al sufrimiento y rebajando al máximo nuestra dignidad propia.
Esto sucede mucho cuando las personas se entregan a una relación sin tan siquiera amarse a sí mismas. Esa necesidad de llenar el vacío con el cariño ajeno, nos empuja a llamar amor a cualquiera que se cruce en nuestro camino.
No es hasta que reconocemos que el vacío que se siente, se llena solo cuando empezamos a amarnos, que dejamos de dar tropezones con cada roca que tenemos adelante. Por eso, solemos aferrarnos a las cosas que nos lastiman, no por el hecho de que nos hagan daño, si no porque no reconocemos cuando hay una falta de amor verdadero, y creemos que todo el que está a nuestro lado, quiere el bien para nosotros.
Esa venda en los ojos es difícil de quitar, porque muchas veces nos obsesionamos con las relaciones tóxicas y sentimos que, si nos alejamos de esa persona que nos lastima, vamos a perder la vida. Lo único que te hará perder la vida es quedarte al lado de alguien que no te valora.
Así que, sí, duele mucho el separarse de una ilusión, de un falso amor, porque, al fin y al cabo, es solo eso, una mentira que se aprovecha de nuestro vacío moral. Pero cuando te distancias, y logras ver el panorama desde lejos, comprendes el desastre en el cual estabas metida, en el sufrimiento en que tú sola te sumergiste, y entiendes que, de no haberte alejado, nunca hubieses podido sentir la posibilidad de amarte a ti misma de nuevo.