Saltar de una relación a otra suele ser una forma de evadir los procesos de duelo o de encubrir una dependencia excesiva. Además, dificulta el aprendizaje tomando como referencia los errores cometidos.

Saltar de una relación a otra es una práctica común. Le llaman síndrome de liana y, efectivamente, está muy bien graficado con la imagen de Tarzán: no termina de soltar una liana, cuando ya tiene la otra en la mano.
La mayoría de psicólogos están de acuerdo en que no es buena idea saltar de una relación a otra. Como en todo lo humano, siempre hay excepciones. Sin embargo, por lo general es una conducta que habla de dificultades con uno mismo, dependencias y deseos de evasión.
Es cierto que nuestra época los valores y las referencias son mucho más cambiantes que en otras. Las circunstancias cambian a una velocidad superior y la noción del tiempo también se ha trasformado. Pero de ahí a saltar de una relación a otra hay un gran abismo.
A veces, puede suceder de forma natural y sana, pero si es un hábito, probablemente sería bueno investigar qué pasa.
Nadie quiere caer. Cuando tenemos una relación significativa, está claro que romper nos genera algún grado de dolor. Y si no lo genera, es probable que no fuese una relación significativa. Como estamos en un tiempo en el que es «obligatorio» ser felices, el duelo que sigue a una ruptura es un proceso por el que muchas personas se niegan a transitar.
Se supone entonces que lo adecuado es buscar un “reemplazo” para la expareja de manera rápida y eficaz: existe un vacío, «perfecto para que lo llene otra persona». Muchas personas afirman haber hecho este intercambio con éxito. En realidad, no tiene nada de curioso. Consciente o inconscientemente, están dispuestas a ver una posible pareja en casi cualquier persona que conozcan.
