Hay dolores para los que un analgésico no sirve. Asimismo, hay heridas que uno no puede localizar en su cuerpo, pero sabe que están ahí, en algún lugar, sangrando de forma invisible y recortando el impulso vital.
Ante estos desafíos, la neurociencia del dolor emocional se alza como ese nuevo ámbito donde intentar dar respuesta a todas esas cuestiones que muchos nos habremos hecho alguna vez.
Y es que, sufrir una decepción, una traición o vivir una ruptura no deja marca en la piel, lo que no quita para que el dolor emocional pueda ser inmenso. La neurociencia nos revela que ese padecimiento tiene un correlato neuronal muy parecido al de una quemadura o al de una herida física.
La neurociencia del dolor emocional nos dice que ese sufrimiento que tan a menudo nos atenaza y que permanece oculto e ignorado en un primer vistazo tiene el mismo impacto en el cerebro que el dolor físico. No obstante, eso sí, experiencias como la angustia por la pérdida de un ser querido o el impacto del estrés acumulado en el trabajo tardan más en sanar que un hueso roto.

Pocos temas son tan controvertidos como la comprensión del dolor en lo que a lo psicológico se refiere. Somos esa sociedad acostumbrada a dar veracidad solo a aquello que ven nuestros ojos; de ahí, que realidades como el dolor crónico, el lupus o la fibromialgia entren, a menudo, en esa categoría social conocida como enfermedades crónicas socialmente invisibles.
Ahora bien, tampoco podemos dejar de lado el sufrimiento vinculado a los trastornos mentales o incluso a esos impactos emocionales que de vez en cuando nos acerca la suerte.
La persona con depresión también siente dolor, al igual que el paciente con trastorno bipolar o quien acaba de ser despedido de su trabajo. Todas esas situaciones desembocan en una serie de emociones intensas, adversas y altamente dolorosas.
El dolor emocional no se toca, no se ve, no se oye, lo sabemos, pero todo ello es real. Hay una impronta neurológica que lo demuestra y cada vez conocemos más datos sobre el tema.
