Alguna vez en la vida de cada persona, existe ese amor masivo. Ese amor que todo lo consume. Que no se puede creer que se de este mundo, porque sencillamente todo es mágico y maravilloso, con aroma a perfecto.
Es ese el tipo de amor que irrumpe en un fuego incontrolable y luego se convierte en brasas y arde silenciosamente, cómodamente, durante años. El tipo de amor del que escriben novelas y sinfonías, películas y libros de romance. El tipo de amor que enseña más de lo que se creía que se podría aprender, y que devuelve infinitamente más de lo que se necesita.

Es este tipo de amor, al que se le llama “amor de la vida”.
Y más o menos funciona así: Si se tiene suerte, se puede conocer al amor de nuestra vida. Llegamos a estar con ellos, a aprender de ellos, a entregarse por completo a ellos y a permitir que su influencia nos cambie en medidas indescifrables. Es una experiencia como ninguna otra que tengamos en esta tierra.
Pero, lo que no contamos es que, a veces puede pasar que encontremos al amor de nuestra vida, pero no podamos conservarlo.

No llegamos a casarnos con ellos, a pasar nuestros años junto a ellos, a mantener sus manos en sus lechos de muerte después de una vida bien vivida y juntos, o ni siquiera lleguemos a tener una relación por más corta que sea con ellos.
No siempre nos aferramos a los amores de nuestras vidas, porque en el mundo real, el amor no lo conquista todo. No resuelve diferencias irreparables, no triunfa sobre la enfermedad, no salva las divisiones religiosas ni nos salva de nosotros mismos cuando nos estamos corrompiendo.
Y esto sucede, porque a veces el amor no es todo lo que hay. A veces son muy diferentes las cosas que quiere cada uno, y lamentablemente, no se llega a acordar nunca algún punto intermedio que los beneficie a ambos.

A veces tenemos todo un mundo por explorar y ellos tienen miedo de aventurarse a salir de su zona de confort. O, por el contario, a veces, son ellos los que tienen sueños más grandes que los demás. Y es por ello, que el movimiento más grande y más amoroso que se puede hacer es dejarse ir el uno al otro.