Autores como Watzlawick et al. (1974), explica la elaboración de problemas y las posibles causas que lo generan. Una de ellas es el síndrome de la utopía.
Cada ser humano tiene una visión sobre cómo son las cosas y lo que es casi primordial es, sobre cómo deberían ser. Cuando existe una discrepancia entre estas premisas, se exige un cambio para cerrar o acortar esta disonancia.
El síndrome de la utopía hace referencia a la discrepancia que vive la persona entre el “ser” y él “debe/debe ser”, a esto es lo que habla Watzlawick et al (1984).
Los autores nos hablan sobre la potencialidad, es decir, esta discrepancia que exige desarrollar un cambio en ella. Por lo tanto podemos deducir que el ser humano tiene recursos que no usa o desconoce.
Cuando tenemos grandes expectativas, se pueden desarrollar problemas, por ejemplo se puede producir una desesperación existencial. Este síndrome sería una de las maneras de desesperación existencial.
“En esta forma de desesperación existencial, la busca de un sentido de vida ocupa un punto central y se difunde a todo lo demás y tanto es así que el pensador pone en tela de juicio cuanto existe bajo el sol, con excepción de la premisa misma, es decir, la firme convicción de que existe un sentido y hay que descubrirlo para sobrevivir”. Kierkegaard, Dostoyevsky y Camus.
“Formas del síndrome de la utopía”

Los simplificadores no observan problema alguno donde realmente existe un problema, al contrario los utópicos miran una solución donde no hay ninguno. Con frecuencia, el extremismo en la respuesta de problemas humanos parece desembocar en un comportamiento designado como síndrome de utopía, que puede adquirir 3 formas:
- Introyectiva: Ante el doloroso sentimiento de ineptitud personal, derivado de la imposibilidad de alcanzar el propio objetivo, se generan consecuencias psiquiátricas (huida, retraimiento, depresión…). Cuando el objetivo es utópico, el mero hecho de plantearlo es una quimera y el individuo termina culpándose por su propia ineptitud.
- Inofensiva: Esta segunda variante es menos dramática y contiene cierto encanto, ya que consiste de una demora agradable hacia el objetivo utópico. Poetas como Constantino Kavafis ha descrito esta actitud como la de un navegante que disfruta del viaje, aunque el camino sea largo.
- Proyectiva: El ingrediente básico de esta actitud es la rígida convicción de haber hallado la verdad y, por tanto, asumir la responsabilidad de cambiar el mundo. Mediante una buena dosis de persuasión y esperanza, la persona va a intentar que los demás acepten su verdad, obteniendo un resultado totalmente opuesto en algunos casos.

Los “debería” pesan y retraen, son muy característicos de la utopía introyectiva y que el mapa mental suele ser bastante rígido. Cuando esta obligación es muy dura, el objetivo no se concretiza y los senderos para alcanzarlos se vuelven difusos.
El aforismo de Stevenson “Es mejor viajar colmado de esperanzas que llegar a puerto” es muy representativo de la utopía inofensiva, también conocida como dilación o demora. También conocidos como eternos viajeros que nunca llegan a finalizar su viaje, como, por ejemplo, una persona perfeccionista o el eterno estudiante.
Cuando un utópico proyectivo no encuentra que acepten o escuchen su idea utópica cree que es debido a actos de mala fe o incluso que pretenden destruir su idea.